La construcción de la identidad de la Europa prehistórica

Es un dicho popular el que define al siglo XIX como el siglo de la Historia, con mayúsculas. Esto es así porque es entonces cuando la mera crónica –el relato cronológico de los hechos considerados más relevantes– da paso a la disciplina erudita que hoy conocemos basada en el estudio concienzudo de los documentos y enfocada al análisis y la comprensión del pasado. Pero la historia no es un proceso aséptico y carente de intencionalidad, pues el historiador es una persona condicionada por su contexto y devenir vital, con motivaciones específicas y que busca explicar(se) determinadas parcelas del pasado elegidas en función de sus intereses. Así, la historia que se hizo en el siglo que vio nacer la Historia fue la historia romántica nacionalista, vinculada al interés por explicar y justificar el por aquel entonces novedoso estado-nación.

El padre de la historia, Leopold von Ranke, se interesó por la división entre la latinidad y la germanidad, y a él le siguieron numerosos estudiosos afanados en rastrear el origen de las distintas naciones –el debate entre galos o francos en el caso de Francia, la mezcla de celtas, romanos, germanos y normandos en el caso de Inglaterra, los heterodoxos como criterio negativo para definir la españolidad, etc. La por entonces balbuceante arqueología prehistórica no fue ajena a esta tendencia: aquí el ejemplo clásico es Gustaf Kossinna afanado en rastrear el origen de la superioridad aria –hoy diríamos indoeuropea- hasta la Schnurkeramische Kultur de la Edad del Cobre centroeuropea. Él y otros ofrecieron una visión de la Prehistoria que bien parecía un remedo de las invasiones germánicas de la Tardoantigüedad y la Alta Edad Media, con pueblos enteros moviéndose por el mapa empujando, sustituyendo o dominando a otras culturas. Con el tiempo otras identidades distintas de las representadas por los estados-nación comenzaron a hacer lo propio, creando también su particular historiografía. El caso más representativo de esto es el del gran erudito vasco don José Miguel de Barandiarán quien, a lo largo de su dilatada carrera de etnólogo y arqueólogo, pretendió definir y encontrar la continuidad entre presente y pasado del pueblo vasco.

Unificación alemana

Pero no todo han sido enfoques nacionales o regionales. Asimismo, la idea de Europa –como cultura, como civilización o como lo que sea– ha sido una preocupación a lo largo de los últimos dos siglos, si bien, como es patente, con menor intensidad –o al menos hasta hace pocos años. Y aunque nunca se haya explicitado –por ejemplo no hay una gran obra clásica titulada al estilo de Kossinna y su Die herkunft der Germanen (El origen de los alemanes) pero referido al pueblo, a la cultura o a la nación europea–, la idea de un ethos europeo prehistórico ha estado, implícita o explícitamente, flotando en el ambiente desde hace mucho tiempo.

1. La Europa bárbara y el Oriente civilizado. Ex oriente lux

En la fase cronotipológica que marcó el arranque de la arqueología científica se elaboraron procedimientos para, en ausencia de sistemas de datación absolutas como el actual C14, deducir de forma más o menos acertada la cronología relativa de las distintas culturas prehistóricas de Europa y Próximo Oriente. Y lo que se descubrió fue que aparentemente hubo un periodo el cual abarcó no siglos sino milenios en el que mientras que en Europa se sucedían una tras otra culturas de carácter bastante rudimentario, en Próximo Oriente florecieron culturas urbanas con forma de monarquía o imperio y con un gran desarrollo técnico y estilístico de las artes, como ejemplifican artefactos de orfebrería y escultura como la cabra ramoneando del cementerio de Ur, el relieve babilónico de la Reina de la Nocheel ajuar del faraón Tutankamón. La abismal diferencia entre las culturas europeas y asiáticas sirvió para acuñar la expresión Ex Oriente Lux con la que el arqueólogo sueco Oscar Montelius sintetizaba, en 1899, la idea de que la Europa de la Edad del Bronce no era sino “el pálido reflejo” de “la luz” de la civilización oriental: sería, según esta interpretación, Próximo Oriente el lugar en donde se desarrollarían las grandes invenciones –la metalurgia, la orfebrería, la arquitectura monumental– y en Europa no se habrían dado sino adaptaciones degeneradas y más tardías de las mismas.

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A la izquierda, tholos de El Romeral (España), a la derecha pirámide escalonada de Zoser (Egipto), ambas construcciones monumentales fechadas aprox. en el 2600 a.C.

El descubrimiento del fenómeno del Ex Oriente Lux se produjo en el contexto histórico de la gran divergencia en el que el desarrollo relativo de la Europa de la Revolución Industrial y del resto del mundo alcanzaba sus máximos históricos. Por qué Europa había alcanzado la modernidad mientras los demás países seguían sumidos en la tradición era una pregunta de la que se ocuparon distintos pensadores de la época, y aunque en ocasiones se dieron explicaciones relativas a las condiciones materiales –por ejemplo Adam Ferguson apeló al clima y a la orografía– no faltaron otras alusivas a cuestiones psicologistas, etnicistas o directamente racistas: no conviene olvidar que en el siglo XIX existió –y de forma muy extendida– lo que hoy se conoce como racismo científico. En todo caso, así como se trataba de explicar la radical diferencia entre la desarrollada Europa de la Revolución Industrial y el resto del mundo, la pregunta que inevitablemente se formó en el campo de la arqueología prehistórica fue la de explicar la radical distinción entre esa oscura Europa de la Edad del Bronce y el luminoso Oriente.

Comparativa_escultura

De izquierda a derecha: ídolo grabado del Peña Tú de Vidiago (España), estela grabada de Petit Chasseur (Suiza), relieve paleobabilónico de La Reina de la Noche (Irak) y estela de Naram-Sin (Irán). Todo ello representaciones escultóricas fechadas en torno al año 2000 a.C.

Prácticamente todos los procesos de construcción de la identidad colectiva se hacen siguiendo lo que en antropología se conoce como nos-otros, esto es definir lo que somos a través principalmente de la contraposición con otro elemento conocido pero a la vez considerado ajeno. Así definió Menéndez Pelayo la españolidad en su Historia de los heterodoxos españoles (1882), sacando a la palestra lo que no éramos, o más bien no debíamos ser –herejes, protestantes, ilustrados, liberales. Por lo tanto, es casi inevitable que en la pregunta que los arqueólogos europeos del siglo XIX y comienzos del XX se hicieron de por qué esa diferencia en la Edad del Bronce, subyacieran cuestiones no abiertamente expresadas como por qué la diferencia en su presente y, además, si habría algo que explicaría una presunta peculiaridad europea constante a lo largo de los distintos periodos prehistóricos e históricos.

Vere Gordon Childe, grandísimo conocedor de la cultura material prehistórica tanto de Europa como de Próximo Oriente, hizo varias apreciaciones al respecto en la década de los 30 del s. XX. Sus ideas se pueden sintetizar en que en el Oriente estratificado y despótico nacido de la revolución urbana las clases trabajadoras habrían carecido de cualquier atisbo de libertad personal, y que esta es una característica que habría condenado al conjunto de dichas sociedades al estancamiento. Por su parte, los pobladores de la Europa bárbara, ejemplificados por esos metalúrgicos del bronce que en origen habrían aprendido su oficio de mercaderes próximorientales, habrían gozado de una mayor libertad personal que les habría permitido trenzar redes de intercambio de materias primas, productos e ideas a escala continental y, en definitiva, desarrollar una mayor inventiva e iniciativa individual que –esto no se expresa pero resulta patente– habría sobrevivido como característica específica europea hasta tiempos históricos.

Comparativa_orfebrería

A la izquierda el carro solar de Trundholm (Dinamarca), a la derecha máscara funeraria del faraón Tutankamón (Egipto), ambos elementos de metalurgia y orfebrería fechados aprox. en el 1300 a.C.

Casi no hace falta decir que la idea de la Europa prehistórica expresada por Childe se encontraba muy impregnada de esa dicotomía contemporánea a él de la gran divergencia, de buscar una explicación a la pretendida inventiva particularmente europea. Pero debido a que no profundizó en estas cuestiones, no sabemos si quiso transmitir que fue el ethos europeo el que habría configurado la Europa bárbara del Bronce o si más bien habrían sido las condiciones socioeconómicas de la Europa bárbara del Bronce las que habrían generado ese ethos europeo. En todo caso, está claro que, aunque de manera difusa, ya pululaba por entonces la idea de que la especificidad europea era susceptible de ser rastreada hasta el 2000 a.C.

2. La Europa autónoma. ¿Ex Occidente Lux?

Con el andar del tiempo esa idea de que toda invención clave de la Prehistoria del Viejo Mundo tuvo lugar en Próximo Oriente sufrió una fortísima revisión. Hasta mediados del siglo XX hubo efectivamente arqueólogos defensores de las llamadas tesis occidentalistas –por ejemplo Pere Bosch-Gimpera, el gran arqueólogo de la Prehistoria de la Península Ibérica de comienzos del s. XX, siempre sostuvo que el megalitismo atlántico tuvo su origen en el actual Portugal– pero fue la introducción y paulatina generalización del sistema de datación absoluta por radiocarbono lo que demostró con total certeza que muchos de los edificios y artefactos europeos antes tenidos por tardíos y degenerados eran no obstante siglos e incluso milenios anteriores a sus pretendidos prototipos próximorientales. Así, los megalitos de la Fachada Atlántica (c. 4500 a.C.) precedían a las pirámides de Guiza (c. 2500 a.C.) o a las tumbas de tipo tholoi micénicas (c. 1200 a.C.); de similar forma eso sucede con los poblados fortificados del sureste de la Península Ibérica (c. 3200 a.C.) en comparación con los del Egeo (c. 2200 a.C.).

De esta forma, arqueólogos europeos de los años 70 y 80 del s. XX como Colin Renfrew o Andrew Sherratt reelaboraron el mapa de la invención y el trasiego de personas y tecnologías en la Europa y la Asia Occidental de la Prehistoria. La agricultura y la ganadería, así como otras invenciones clave como el arado o el carro con ruedas, pervivieron como invenciones próximorientales que por difusión habrían penetrado lentamente hacia el oeste. Sin embargo, la explosión de arquitectura monumental que supuso el megalitismo atlántico o la aparición de focos de metalurgia primitiva en los Balcanes o el sur de la Península Ibérica pasaron a considerarse resultado del desarrollo independiente de las culturas prehistóricas europeas. De esta forma, se condenó esa Prehistoria de oleadas de pueblos migrantes y de comerciantes próximorientales portadores de novedosas tecnologías para en cambio pasar a destacar la idea de grupos humanos estáticos en el espacio y caracterizados por desarrollos propios e independientes.

Sherratt 1993 Core-Periphery.jpg

Síntesis elaborada por Andrew Sherratt (What Would a Bronze-Age World System Look Like?) en la que representa el área de acción de los estados próximorientales (negro) y el espacio en el que éstos influenciaron de forma directa (rayado denso).

Al respecto de la organización social se renovó la vieja dicotomía entre barbarie (sociedades igualitarias acéfalas) y civilización (estados clasistas jerárquicos) mediante la introducción de un nuevo concepto que se tomó prestado de la antropología cultural: la jefatura. Este tipo de organización sociopolítica permitía la existencia de cierta jerarquización en torno a la figura del jefe pero a su vez se oponía al despotismo de los reyes-dioses asiáticos. El jefe se planteaba como un individuo que por sus dotes personales –carisma, capacidad de gestión, liderazgo guerrero- habría cohesionado distintas poblaciones mediante la persuasión y creado centros de exhibición de poder como espacios ceremoniales y otro tipo de monumentos, en los que en ocasiones habrían sido ellos mismos enterrados con ricos ajuares indicativos de su rango.

Así, por tanto, tenemos una Europa prehistórica distinta de la imaginada por Childe y por otros arqueólogos de la época del Ex Oriente Lux. A partir de mediados del pasado siglo comenzó a interpretarse ya no solo que los europeos prehistóricos habrían gozado de mayor libertad individual e inventiva que las masas sometidas a los despotismos orientales: También se empezó a expresar abiertamente que dichos europeos fueron tan capaces como los próximorientales de generar de forma independiente invenciones y desarrollos sin necesidad de préstamos foráneos –ni tecnológicos ni demográficos– de ningún tipo.

3. La Europa ordinaria

La visión de la Europa prehistórica independiente e innovadora no perduró mucho en el tiempo, pues fue ya en la década de los 90 del s. XX cuando se desencadenaron contra esta idea varias críticas, procedentes de distintos flancos.

Por un lado se dijo que esa Europa prehistórica libre de despotismos y a la vez capaz de generar su propio desarrollo tenía más carga ideológica que certezas científicas, que al igual que en otros muchos ejemplos de investigaciones humanísticas se habría dado el caso de que, a la hora de interpretar, el observador habría aportado más de lo que quería ver que de lo que realmente vió. Simplemente, el zeitgeist de la posguerra europea estructurado en torno a las ideas fuerza de sociedad liberal-demócrata y mercado común habría actuado como una versión moderna de ese sentimiento nacionalista que guió los trabajos de Kossinna y otros a fines del s. XIX.

A ello debe añadírsele un nuevo contingente de documentos arqueológicos los cuales fueron capaces de modificar sensiblemente la idea de esa Europa prehistórica independiente y no jerárquica. Por ejemplo se admitió que aunque efectivamente megalitismo atlántico y poblados fortificados ibéricos fueran desarrollos autóctonos, esos lazos entre las culturas de la Edad del Bronce del Mediterráneo Oriental y las del Norte de Europa postulados en el s. XIX seguían vigentes, y que perfectamente sirvieron para la transmisión de ideas, tecnologías y personas. Asimismo, la reciente introducción de los estudios de ADN antiguo han permitido retomar esas ideas antaño descartadas sobre migraciones masivas relacionadas a su vez con la introducción de nuevas tecnologías.

En cuanto a la arqueología peninsular puede decirse que los trabajos del equipo de la UAB en distintos yacimientos de la cultura del Argar (Edad del Bronce del sudeste de la Península Ibérica) ahondan en esa hipótesis de que en el confín suroccidental del continente se habría desarrollado una sociedad fuertemente estratificada conformada por una gran clase campesina explotada y por una aristocracia guerrera cuyo aparato político se manifestaría en potentes murallas como las de la Bastida de Totana o en edificios gubernamentales como los de La Almoloya de Pliego. Esto no desentona con las conclusiones de otros estudios realizados sobre culturas prehistóricas como Tripolye-Cucuteni (Ucrania y Rumanía), Varna (Bulgaria), Otomani (Rumanía) etc. que muestran aspectos impropios de sociedades sin estratificación como por ejemplo grandes aglomeraciones protourbanas (Petreny), enterramientos señoriales (Varna) especialización artesanal, etc. Todo apunta a que no fueron líderes libremente elegidos sino en muchos casos gobernantes impuestos.

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A la izquierda, fotografía de la excavación de la “sala de audiencias” del poblado argárico de La Almoloya (Pliego, Murcia). A la derecha, reconstrucción de su posible disposición original (fuente Proyecto La Bastida)

Por lo tanto, la Europa prehistórica no fue ni un apéndice independiente de la historia del gran Viejo Mundo ni un reducto de individuos dinámicos y emprendedores. Pero a la pregunta de si las sociedades de la Europa prehistórica fueron comparables a las del Próximo Oriente entiendo yo que debemos responder que no. Los estados burocráticos con ejércitos capaces de conquistas imperiales y mantenedores de una clase de escribas y otros funcionarios siguen superando en distintos grados de complejidad a todo lo que se conoce en el continente europeo al menos hasta finales del I milenio a.C. En todo caso, debe reconocerse que el devenir de las culturas europeas prehistóricas pinta bastante más tumultuoso de como se veía hace medio siglo. El desarrollo no es una variable cuantificable con precisión de laboratorio, y en un contexto en el que grandes grupos humanos migraron, interaccionaron y difundieron innovaciones tecnológicas y distintas lenguas en un continente plagado de muchos pequeños ciclos históricos de auge y colapso de la estratificación, este complejo concepto (desarrollo) resulta difícil de ser atribuido a una sola causa específica. Y menos aún a un hipotético ethos diferenciado liberal e innovador que, desde entonces, habría pervivido incólume hasta nuestros días.

4. Algunas posibles enseñanzas de esta trayectoria

Estos párrafos son un resumen de una historia mucho más compleja pero que espero haya quedado sintetizada en lo fundamental. Creo que es un caso típico de lo inevitable o de al menos lo muy difícil que resulta para el arqueólogo –o para el profesional de cualquiera de las ciencias humanas– el desprenderse de sus condicionantes a la hora de abordar las grandes cuestiones. Creo que partimos de una realidad que sólo conocemos parcialmente y desde la que nos preguntamos por un pasado cuyos grandísimos huecos rellenamos consciente o inconscientemente con nuestros prejuicios. En mi opinión, es ingenuo obviar esto. Pero también considero que sería derrotista renunciar a la posibilidad de avanzar en el parcheo de esos huecos, pues no hay que ignorar que cada una de las interpretaciones descritas ha podido aportar algo que la ha sobrevivido al paso de generación en generación de investigadores.

Al respecto de la identidad de la Europa prehistórica es muy probable que no fuera radicalmente distinta de la de otros contextos culturales similares de esa época o de otras. El error, creo yo, ha sido  el realizar la comparativa con los estados burocráticos de Próximo Oriente –el Egipto faraónico, las ciudades-estado sumerias, los imperios acadio, asirio y babilonio–, pues es sumamente desproporcionada. Quizá el enfoque deba orientarse hacia otras regiones habitualmente consideradas como marginales –se ha empezado a hacer con las culturas de Cahokia, Yoruba o Chulmun, entre otras. La historia y la arqueología nos muestran que el pasado prehistórico fue mucho más complejo de lo imaginado, y que los muchos de los factores a tener en cuenta –migraciones, intercambios, jerarquización y resistencia, colapsos, etc.– se trenzan entre sí con gran densidad. Aunque también puede pensarse que, al igual que en el s. XIX se veía una Prehistoria de pueblos y en el s. XX una Prehistoria liberal y protocapitalista, quizás este caos responda en parte a un s. XXI posmoderno. Con el tiempo lo sabremos… o al menos lo sabrán los arqueólogos que nos sucedan.

Noviembre de 2017

Licencia CC BY-NC-SA

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