Vere Gordon Childe. Arqueología, política y divulgación

Debido a que en la arqueología de campo, tan absorbente, se desarrolla en verano, este mes no os he podido ofrecer un post estándar. No obstante, he querido mantener la cadencia regular que sigo de un post mensual, así que os voy a ofrecer unas breves líneas sobre el arqueólogo del que toma nombre este blog: Vere Gordon Childe (1892-1957). No quiero hacer una biografía al uso, ni una historia de sus ideas, pues para eso hay publicaciones excelentes como por ejemplo el ensayo Gordon Childe. Revolutions in Archaeology (1980) de Bruce Trigger –hay traducción castellana: La revolución arqueológica: la obra de Gordon Childe– o el artículo, publicado en la revista Past and PresentV. Gordon Childe: archaeology and intellectual history” (1989) de Andrew Sherratt. También hay que decir que la biografía de la edición inglesa de wikipedia al respecto es bastante completa. Mi idea aquí es, más bien, la de explicar por qué Childe influyó en cierta manera en mi forma de entender la arqueología, de entender la razón de ser del arqueólogo y de entender la relación entre la arqueología y la sociedad.

Childe

Vere Gordon Childe

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Metodología de la arqueología social (2): Los primeros estados y civilizaciones de la Prehistoria europea

El post del mes pasado trató sobre los fundamentos, la historia y las polémicas de la parte teórica de la arqueología social. Entre cuestiones como el condicionante historiográfico, el problema de la caja negra y las distintas tradiciones intelectuales implicadas, considero que la conclusión más importante del mismo debe ser que, por el momento, existen distintas formas de leer el registro arqueológico y que, por tanto, existen distintas reconstrucciones abstractas (teorías, relatos, etc.) que los arqueólogos hacemos sobre las sociedades que habrían generado ese registro. Concluí con la promesa de ilustrar algunas de estas distintas formas de hacer arqueología social con tres ejemplos prácticos.

Los tres ejemplos elegidos se refieren todos a culturas de la Prehistoria reciente europea: la Grecia prehistórica (culturas minoica y micénica), el sur de la Península Ibérica en la Edad del Bronce (cultura de El Argar) y el norte de Europa en el Neolítico Final (“culturas” megalíticas atlánticas). No significa esto que análisis de este tipo no se apliquen a culturas de otros marcos geográficos en distintos continentes o que estos análisis no sean interesantes ¡En absoluto! De hecho cada vez están realizándose más estudios comparativos que tratan de identificar los paralelismos y las diferencias habidas entre unos y otros casos de aparición de las desigualdades, las clases sociales, el estado y la civilización como, por ejemplo, la magna obra de Bruce Trigger, Understanding Early Civilizations (2003) . He elegido estos tres casos porque son los que me resultan más familiares y que, por tanto, espero me sirvan con más facilidad para explicaros este interesante tema.

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Metodología de la arqueología social (1). Reconstruir una sociedad extinta a partir del registro arqueológico

Existe un eslogan político, obra de la exprimera ministra británica Margaret Thatcher, que afirma rotundamente que la sociedad no existe dado que, más bien, lo que existen son los individuos. Trascendiendo el debate sobre el papel del individuo o de la colectividad en nuestro mundo actual lo cierto es que aplicar ese razonamiento empirista a las ciencias humanas sería el equivalente a tratar de comprender el funcionamiento de la química molecular exclusivamente a partir de las características de las partículas elementales. En todas las culturas que conocemos han existido, sin excepción, agrupaciones formales o informales de individuos alrededor de atributos distintivos –género, franjas de edad, profesión, estatus, etc.– los cuales, bajo ciertas circunstancias, puede decirse que funcionan de forma autónoma y completamente operativa, reconociendo sus propios intereses y generando sus particulares cosmovisiones o “sub-culturas”. La adscripción de los individuos pretendidamente “atómicos” a los distintos sub-grupos sociales y las interrelaciones –de simbiosis, de explotación, de retroalimentación, etc.– entre esos sub-grupos es lo que podríamos denominar sociedad.

El estudio de las sociedades actuales ya es un asunto complejo pues se funda en engarzar distintas categorías de información –datos económicos, sociológicos, preferencias culturales– que nunca deja de ser muestral, esto es tomada de una parte pretendidamente representativa del total. Ahora imaginad reducir ese corpus a una insignificante parte de su tamaño original, eliminad la mitad de los indicadores y prendedle fuego a lo que os quede. Las cenizas que hayáis podido recoger con posterioridad son el equivalente a la base empírica que los arqueólogos utilizamos para tratar de reconstruir la organización social de las culturas prehistóricas. Desolador ¿Eh? Al menos nosotros tenemos el consuelo de saber que los fragmentos de cerámica mienten menos que los encuestados por el CIS.

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Los cazadores-recolectores complejos. Jerarquías, desigualdad y esclavitud

Cuando se habla de culturas de cazadores recolectores habitualmente se piensa en dos arquetipos que, si bien en cierta medida opuestos, tienen no obstante bastantes elementos en común. Por un lado, se conciben sociedades absolutamente primitivas y con una tecnología rudimentaria las cuales, totalmente dependientes de las inclemencias del tiempo o de otros agentes externos, vagan penosamente por amplios territorios en pos de su sustento y sin saber si van a sobrevivir al día siguiente. La otra idea es la de grupos sencillos pero con un conocimiento profundo del medio en el que viven que, en íntima conexión con el mismo, toman de la madre naturaleza todo lo que necesitan para desarrollar una existencia igualitaria, pacífica y feliz. Podríamos llamarlos arquetipo hobbesiano y rousseauniano, respectivamente.

No obstante en ambos casos se obvia de manera bastante generalizada que exista la posibilidad de que una sociedad de cazadores recolectores pueda contar con comportamientos “avanzados”, “civilizados” o, simplemente, “complejos”, tales como el organizarse en hábitats sedentarios, acumular grandes cantidades de riqueza y mostrar acusadas desigualdades sociales. Este tipo de sociedades, los cazadores-recolectores complejos, es algo cuya existencia han constatado tanto la etnografía, para nuestro pasado más inmediato, como, para momentos bastante más remotos, la arqueología.

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Arquitectura monumental prehistórica. El caso del megalitismo europeo

Una de los aspectos de las culturas primitivas que más ha llamado la atención de arqueólogos y aficionados a la arqueología es el de la arquitectura monumental. Cuántos monumentos, ya sean templos como el Zigurat de Ur, tumbas como las pirámides egipcias de Guiza o lugares ceremoniales como Stonehenge, han sido reinterpretados por nosotros a modo de símbolo o emblema de las culturas que los erigieron. Por un lado estos edificios son sobresalientes precisamente en el sentido más literal de la palabra, puesto que frente a las más deleznables arquitecturas domésticas e industriales es este tipo de arquitectura, una que podría decirse “no estrictamente funcional”, la que recibió una mayor inversión ya fuera en forma de materiales más consistentes e imperecederos o en forma de mayores acumulaciones de los mismos. Por otro lado también debe destacarse su imponencia en el campo simbólico, pues no hay más que tratar de ponerse en contexto y aventurar qué habrían pensado los sumerios, egipcios o campesinos del Bronce de Wessex, cuya vida giraba en torno a una cabaña de ramaje o una caseta de adobe, al ver, día sí día también, estas colosales obras erguidas siempre sobre el horizonte.

Edificaciones de grandes dimensiones y escasamente prácticas –al menos en el plano material- se conocen en culturas de todo el globo, pues fueron construidas con vocación de permanencia y muchas de ellas todavía permanecen. Su estudio nos permite hoy a los arqueólogos indagar en cuestiones diversas como su funcionalidad, la capacidad de organización de personas y materiales de aquéllos quienes los construyeron, o las cuestiones simbólicas que a partir de sus elementos materiales se quiso, en su momento, transmitir. Algunas fueron utilizadas como centros religiosos, otras como espacios de agregación social y otras como tumbas colectivas. Un caso de estudio que, se cree, aunó estas tres actividades es el del megalitismo europeo, el cual voy a utilizar como hilo conductor para tratar de ilustrar todas estas cuestiones.

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Interior de la cámara de el dolmen de El Moreco (Huidobro, Burgos)

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Una (muy) breve historia de la arqueología

La palabra arqueología evoca diferentes pensamientos en función de quien la escuche: Bien puede generar imágenes sobre eruditos decimonónicos rastreando la pista de civilizaciones olvidadas, aventureros en la búsqueda de artefactos asombrosos, ratas de biblioteca estudiando y dando nomenclaturas técnicas a formas de viejas ánforas u otros cacharros, o modernos científicos analizando minúsculas fibras bajo potentes microscopios o fragmentos de hueso en secuenciadores de ADN. Obviando las lógicas deformaciones de estos tópicos hay que reconocer que todos ellos son correctos. La arqueología –etimológicamente, estudio de lo viejo– es la disciplina humanística mediante la cual se buscan, recuperan, clasifican y analizan todo tipo de objetos antiguos para obtener de ellos un conocimiento veraz sobre toda cualesquiera actividad humana en el pasado.

Naturalmente la arqueología, como todas las disciplinas, es una parcela de la ciencia en continuo e imparable proceso de construcción y perfeccionamiento. Esto no sólo se refiere al conocimiento acumulado, sino también la forma de obtenerlo. No es raro que en distintas culturas aparezcan personajes preocupados por explicar las edificaciones o los monumentos en ruinas que se conservan en su entorno –en la España popular ha resultado habitual adscribir este tipo de vestigios a “los moros”, como bien muestra la toponimia- y a este respecto habría que destacar el hecho de que en la Europa de los ss. XVII-XVIII se generalizara el fenómeno del anticuarismo. Sin embargo, no fue sino hasta la época del positivismo cuando se desarrolló un esfuerzo consciente por estudiar dichas antigüedades de forma rigurosa y metódica.

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