Arqueología, medioambiente y cambios climáticos

Una de las preguntas que con mayor insistencia se han hecho antropólogos, historiadores y todo tipo de investigadores de las disciplinas humanísticas es por qué pueden llegar a existir diferencias tan extremas entre las características de unas culturas y otras: Lenguas, sistemas de filiación, creencias, expresiones simbólicas y artísticas, instituciones, fórmulas de gobierno y de organización social, etc. han sido, son y, probablemente, puedan llegar a ser muy distintas de una cultura a otra. Sobre las respuestas a esa pregunta, es decir qué factor o factores explicarían tal diversidad cultural, hay que reconocer que hay de todo: se ha hablando de condicionantes biológicos y/o raciales, de condicionantes relacionados con la evolución cultural, de condicionantes azarosos particulares y específicos para cada caso, etc. Y, también, de condicionantes medioambientales, pues resulta casi obvio que en sociedades escasamente tecnificadas en las que sus integrantes deben extraer su sustento mediante una relación directa con la naturaleza aquellos elementos tales como climatología, hidrografía, orografía, etc. condicionarán unos procedimientos técnicos concretos en detrimento de otros. Por ejemplo una orografía irregular y una climatología húmeda favorecerá prácticas ganaderas y todas las implicaciones culturales que estas suponen, como un modo de vida itinerante incapaz de formar unidades políticas fuertes, mientras que suelos arcillosos surcados por caudalosos ríos favorecerán una agricultura intensiva y, posiblemente, poderes políticos fuertes fundados en el control de los sistemas de regadío –según  Karl Wittfogel así se habrían erigido los estados mesopotámicos o el Egipto faraónico, entre otros.

Grupo y medio

Bucólica recreación de un grupo de cazadores recolectores elaborando sus herramientas a partir del medio directo

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El proyecto Alineación de Menhires

Entre los páramos calizos de los alrededores de Burgos capital y los altos valles de montaña del sur de Cantabria existe una sucesión de grandes piedras hincadas a intervalos de entre 3 y 5 kilómetros. Algunas de ellas levantan más de 2 metros desde el suelo, otras por el contrario están rotas o incluso caídas. Si bien en todas las épocas se han utilizado piedras hincadas con todo tipo de fines –marcar límites territoriales o lindes, para que el ganado se rasque– las de ese tamaño es muy probable que se correspondan con menhires prehistóricos ¡Una alineación de menhires a lo largo de casi cien kilómetros! Suena bien pero… que por su tamaño sea más o menos probable que esas piedras sean menhires no basta para que lo aceptemos así. En arqueología las hipótesis deben demostrarse, y se demuestran buscando pruebas materiales mediante la excavación u otro tipo de intervenciones en los yacimientos en cuestión.

El post de este mes va a ser más breve de lo habitual pero servirá como ejemplo de cómo en un único caso de estudio –la presunta alineación de menhires entre Burgos y Cantabria– confluyen distintas problemáticas y técnicas arqueológicas enfocadas hacia su resolución. Es además un proyecto muy importante para mí en lo personal, pues comencé a colaborar en él como alumno y con el tiempo acabé incorporándome al equipo investigador; puede decirse que “crecí” con este proyecto, así que ¡cómo no le voy a tener cariño!

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Los artefactos sociotécnicos

Este mes de mayo tuve la suerte de que el Museo de Palencia me invitara a exponer la denominada “pieza del mes”, una breve explicación sobre la relevancia arqueológica de un objeto custodiado en el museo. En concreto mi charla versó sobre el hacha pulimentada neolítica de jade alpino de Paredes de Nava, objeto que por su tamaño, manufactura, materia prima, etc. es considerado como elemento de prestigio. Se entiende como elemento de prestigio todo aquel artefacto arqueológico que, más que una actividad estrictamente funcional, habría servido no obstante como símbolo del estatus y el prestigio de su portador, lo que para los arqueólogos es todo un indicador de la existencia de rangos y jerarquías políticas en las comunidades prehistóricas.

En su famoso artículo de 1962 Archaeology as Anthropology el arqueólogo norteamericano Lewis Binford planteó clasificar los objetos arqueológicos como i) tecnómicos, ii) sociotécnicos y iii) ideotécnicos. Los primeros serían aquellos empleados fundamentalmente para “tratar directamente con el medio físico”, los segundos se emplearían como “medio extra-somático para articular unos individuos con otros” y los terceros para “simbolizar las racionalizaciones ideológicas del sistema social”. Una conceptualización bastante útil, y más viendo cómo se ha desarrollado la historia de la disciplina –como ya se explicó en esta entrada– de arqueología económica a arqueología social y de ésta a arqueología simbólica: aunque nunca debe perderse la perspectiva amplia, es útil parcelar el objeto de estudio para poder así abarcar un análisis específico y riguroso.

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La arqueología espacial

Si habéis llegado aquí con la esperanza de encontrar historias sobre la excavación de monolitos negros en la Luna lo lamento pero esto no va de intrépidos arqueólogos buscando artefactos en otros astros y planetas. Ese terreno se lo dejamos a la ficción –no obstante si os gusta el género no os perdáis Las Máquinas de Dios. Aquí voy a hablar de arqueología espacial no entendiendo el espacio en su acepción de exterior o sideral sino en su acepción de dimensión: largo, ancho y alto.

La arqueología espacial estudia la relación entre la cultura material arqueológica y su distribución entre sí –distancia y orientación entre artefactos, yacimientos, etc.– y al respecto de otros elementos del territorio –recursos como agua, tierras aptas para el cultivo, materias primas, etc. Puede parecer a primera vista una cuestión bastante lógica: Así como la geografía humana estudia densidades de población o relación entre urbes y sus hinterland, la arqueología también hace lo propio. Pero una vía de investigación que a priori parece tan simple como en este párrafo se ha expuesto en realidad implica una gran complejidad. De nuevo los arqueólogos llevamos décadas peleados por darle forma a eso que se ha llamado caja negra pero en este caso aplicada a la variable espacial, es decir: de qué forma debemos traducir los datos sobre artefactos y sus vínculos espaciales en forma de que sean leídos como acciones y fenómenos culturales.

VARISCITA

A la izquierda, representación de los yacimientos prehistóricos de la Meseta Norte Española con adornos de minerales verdes. A la derecha, gráficas que relacionan la cantidad relativa de adornos de determinado material con la distancia a la fuente de ese material

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Los mitos modernos sobre la Prehistoria

Al respecto de la Prehistoria se han construido muchos imaginarios distintos a lo largo de los dos últimos siglos los cuales, pese a contradecir en ocasiones absolutamente lo que los arqueólogos sabemos, han gozado y gozan de gran aceptación popular. Los dos de mayor fuerza son aquellos ligados al denominado evolucionismo unilineal, que por un lado plantean que la Prehistoria era una época primitiva, violenta, brutal y penosa y que desde entonces todo ha mejorado (el mito del progreso) y por el otro que la Prehistoria era una época de paz, igualdad y equilibro con la naturaleza que se fue al traste con la corrupción moderna (el mito del paraíso perdido). El post de este mes lo he escrito en colaboración con el periodista Fermín Grodira sobre estos mitos, y sobre lo que de verdad sabemos en cuanto a cuestiones derivadas de ellos como la desigualdad, el trabajo, la violencia y la salud en la Prehistoria. Lo podéis leer en el portal web Magnet Xataka en el siguiente enlace:

Menos trabajo y más cooperación: La Prehistoria no fue tan miserable como nos la contaron

Enero de 2018

Licencia CC BY-NC-SA

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El poder en la Prehistoria ¿Déspotas o comunidades?

En la actualidad damos prácticamente por asumido que existe una institución –o conjunto de instituciones– que conocemos como estado el cual ejerce de la forma más perceptible el poder sobre nuestras vidas: qué bienes son de nuestra propiedad y cuáles no, qué debemos y qué no podemos hacer, hasta dónde somos libres de trasladarnos, etc. Como ya en su día afirmó el sociólogo Max Weber, una de las formas de definir el estado es como aquel ente capaz de arrogarse el monopolio de la violencia en un territorio definido… y es siempre ésta –la violencia– su fuente de poder en última instancia. Es lo que se llama la coacción. Sin embargo, existen otras muchas fórmulas a las que los gobiernos recurren para someter de forma indirecta, mediante la sugestión. La palabra más adecuada para describir esta fórmula es la de coerción.

Una de estas fórmulas de coerción, no la única pero sí una bastante importante, es la de representar de forma simbólica el poder y hacerlo presente en todos los lugares a él sometidos. Por ejemplo son todavía conocidos por buena parte de  las localidades de la antigua Corona de Castilla rollos y picotas que durante el Antiguo Régimen eran escenario de juicios y ajusticiamientos. No se impartía justicia todos los días, pero sí que a diario la figura de este símbolo del poder se erguía a la vista de todos los vecinos en plazas y cruces de caminos. Y debe decirse que esto no fue entonces, en la Edad Media, una idea nueva, sino que ha sido un proceder muy habitual en los distintos reinos, repúblicas e imperios desarrollados desde la antigüedad a lo largo y ancho del globo. Quizás uno de los ejemplos más representativos es el conocido como la inscripción de Behistún (Irán), un enorme relieve que Darío I ordenó grabar sobre un cruce de caminos representando de forma figurada las victorias que le condujeron al trono, todo ello acompañado por tres conjuntos de textos narrando tales gloriosos acontecimientos en persa, elamita y babilonio. Cualquier viandante de los muchos que pasarían por allí no podría haber evitado recordar quién mandaba y por qué mandaba.

Behistun-Inschrift

Inscripción de Behistún. Arriba, relieve de Darío I y los vencidos, abajo, textos en las tres lenguas más importantes del imperio con el relato de los hechos

Pero las muchas culturas que englobamos dentro del concepto de Prehistoria se caracterizan todas ellas por la ausencia de lo que entendemos por estado –de hecho por norma general se entiende que cuando en una cultura se desarrolla el estado es cuando ésta abandona el periodo prehistórico. Los grandes símbolos de poder de la historia universal –las pirámides egipcias o aztecas, los palacios minoicos, las tumbas reales mesopotámicas o chinas, etc.– se crearon en sociedades estatales, en las que un grupo reducido de personas concentraba una gran cantidad de poder. Sin embargo, eso no quiere decir que en las sociedades prehistóricas el poder se encontrara ausente. Aunque si bien de forma distinta, el poder efectivamente existió, y se ejecutó y se representó de forma simbólica. Y tenemos constancia de ello.

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La construcción de la identidad de la Europa prehistórica

Es un dicho popular el que define al siglo XIX como el siglo de la Historia, con mayúsculas. Esto es así porque es entonces cuando la mera crónica –el relato cronológico de los hechos considerados más relevantes– da paso a la disciplina erudita que hoy conocemos basada en el estudio concienzudo de los documentos y enfocada al análisis y la comprensión del pasado. Pero la historia no es un proceso aséptico y carente de intencionalidad, pues el historiador es una persona condicionada por su contexto y devenir vital, con motivaciones específicas y que busca explicar(se) determinadas parcelas del pasado elegidas en función de sus intereses. Así, la historia que se hizo en el siglo que vio nacer la Historia fue la historia romántica nacionalista, vinculada al interés por explicar y justificar el por aquel entonces novedoso estado-nación.

El padre de la historia, Leopold von Ranke, se interesó por la división entre la latinidad y la germanidad, y a él le siguieron numerosos estudiosos afanados en rastrear el origen de las distintas naciones –el debate entre galos o francos en el caso de Francia, la mezcla de celtas, romanos, germanos y normandos en el caso de Inglaterra, los heterodoxos como criterio negativo para definir la españolidad, etc. La por entonces balbuceante arqueología prehistórica no fue ajena a esta tendencia: aquí el ejemplo clásico es Gustaf Kossinna afanado en rastrear el origen de la superioridad aria –hoy diríamos indoeuropea- hasta la Schnurkeramische Kultur de la Edad del Cobre centroeuropea. Él y otros ofrecieron una visión de la Prehistoria que bien parecía un remedo de las invasiones germánicas de la Tardoantigüedad y la Alta Edad Media, con pueblos enteros moviéndose por el mapa empujando, sustituyendo o dominando a otras culturas. Con el tiempo otras identidades distintas de las representadas por los estados-nación comenzaron a hacer lo propio, creando también su particular historiografía. El caso más representativo de esto es el del gran erudito vasco don José Miguel de Barandiarán quien, a lo largo de su dilatada carrera de etnólogo y arqueólogo, pretendió definir y encontrar la continuidad entre presente y pasado del pueblo vasco.

Unificación alemana

Pero no todo han sido enfoques nacionales o regionales. Asimismo, la idea de Europa –como cultura, como civilización o como lo que sea– ha sido una preocupación a lo largo de los últimos dos siglos, si bien, como es patente, con menor intensidad –o al menos hasta hace pocos años. Y aunque nunca se haya explicitado –por ejemplo no hay una gran obra clásica titulada al estilo de Kossinna y su Die herkunft der Germanen (El origen de los alemanes) pero referido al pueblo, a la cultura o a la nación europea–, la idea de un ethos europeo prehistórico ha estado, implícita o explícitamente, flotando en el ambiente desde hace mucho tiempo.

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