La arqueología del comercio (1). Orígenes y conformación

Una de las actividades vitales desempeñadas por el ser humano a lo largo de (casi) toda su historia es la del comercio, el intercambio entre distintas personas de bienes que uno ha producido (recolectado, extraído, cultivado, manufacturado) a cambio de otros bienes que no, y es fundamental porque en prácticamente todas las sociedades esta actividad es un imperativo para su simple supervivencia. Pero, además de este requisito básico, y en ocasiones interrelacionado con el mismo, el comercio también satisface otro tipo de necesidades, ya sea desde la perspectiva económica –por ejemplo, todo proceso especialización requiere del intercambio de los productos fruto de esa actividad por los más comunes bienes subsistenciales–, social –son muy habituales los llamados elementos de prestigio o símbolos de rango social de procedencia exótica como ámbar, marfil o piedras preciosas– o religiosa –el tráfico de reliquias alcanzó, como es sabido, cotas insospechadas durante la Edad Media europea.

Puesto que la arqueología es una disciplina vinculada estrechamente a lo material, permite rastrear de distintas formas el acarreo de distintos bienes de un lado a otro –la distancia de ese acarreo, las formas en que se dio, su intensidad, etc. Además de ello, su carácter de ciencia humanística conduce a que los arqueólogos tratemos de interpretar esos movimientos de objetos desde el prisma económico, social o político, como un ladrillo más del conjunto de procederes que configuran las culturas humanas. Con este post pretendo ilustrar cómo se han ido desarrollando tanto las herramientas técnicas como también las interpretativas alrededor de esta cuestión.

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Campaña de 2017 en El Pico de la Mora

Este mes de julio no ha habido entrada de blog pero a cambio os he relatado en Twitter el desarrollo de la campaña de 2017, la segunda, en el poblado amurallado de la Edad del Cobre de El Pico de la Mora (Peñafiel, Valladolid). Aquí podéis ojear un hilo en el que día a día he ido subiendo fotos y comentarios sobre las estructuras y materiales que han ido descubriéndose.

Además os añado la entrevista sobre dicha campaña realizada por Radio Peñafiel:

 

Añadido 22-08-2017. Una nueva entrevista, en esta ocasión para COPE Valladolid:

 

Añadido 07-09-2017. Reportaje realizado por la Universidad de Burgos

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Vere Gordon Childe. Arqueología, política y divulgación

Debido a que en la arqueología de campo, tan absorbente, se desarrolla en verano, este mes no os he podido ofrecer un post estándar. No obstante, he querido mantener la cadencia regular que sigo de un post mensual, así que os voy a ofrecer unas breves líneas sobre el arqueólogo del que toma nombre este blog: Vere Gordon Childe (1892-1957). No quiero hacer una biografía al uso, ni una historia de sus ideas, pues para eso hay publicaciones excelentes como por ejemplo el ensayo Gordon Childe. Revolutions in Archaeology (1980) de Bruce Trigger –hay traducción castellana: La revolución arqueológica: la obra de Gordon Childe– o el artículo, publicado en la revista Past and PresentV. Gordon Childe: archaeology and intellectual history” (1989) de Andrew Sherratt. También hay que decir que la biografía de la edición inglesa de wikipedia al respecto es bastante completa. Mi idea aquí es, más bien, la de explicar por qué Childe influyó en cierta manera en mi forma de entender la arqueología, de entender la razón de ser del arqueólogo y de entender la relación entre la arqueología y la sociedad.

Childe

Vere Gordon Childe

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Metodología de la arqueología social (2): Los primeros estados y civilizaciones de la Prehistoria europea

El post del mes pasado trató sobre los fundamentos, la historia y las polémicas de la parte teórica de la arqueología social. Entre cuestiones como el condicionante historiográfico, el problema de la caja negra y las distintas tradiciones intelectuales implicadas, considero que la conclusión más importante del mismo debe ser que, por el momento, existen distintas formas de leer el registro arqueológico y que, por tanto, existen distintas reconstrucciones abstractas (teorías, relatos, etc.) que los arqueólogos hacemos sobre las sociedades que habrían generado ese registro. Concluí con la promesa de ilustrar algunas de estas distintas formas de hacer arqueología social con tres ejemplos prácticos.

Los tres ejemplos elegidos se refieren todos a culturas de la Prehistoria reciente europea: la Grecia prehistórica (culturas minoica y micénica), el sur de la Península Ibérica en la Edad del Bronce (cultura de El Argar) y el norte de Europa en el Neolítico Final (“culturas” megalíticas atlánticas). No significa esto que análisis de este tipo no se apliquen a culturas de otros marcos geográficos en distintos continentes o que estos análisis no sean interesantes ¡En absoluto! De hecho cada vez están realizándose más estudios comparativos que tratan de identificar los paralelismos y las diferencias habidas entre unos y otros casos de aparición de las desigualdades, las clases sociales, el estado y la civilización como, por ejemplo, la magna obra de Bruce Trigger, Understanding Early Civilizations (2003) . He elegido estos tres casos porque son los que me resultan más familiares y que, por tanto, espero me sirvan con más facilidad para explicaros este interesante tema.

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Metodología de la arqueología social (1). Reconstruir una sociedad extinta a partir del registro arqueológico

Existe un eslogan político, obra de la exprimera ministra británica Margaret Thatcher, que afirma rotundamente que la sociedad no existe dado que, más bien, lo que existen son los individuos. Trascendiendo el debate sobre el papel del individuo o de la colectividad en nuestro mundo actual lo cierto es que aplicar ese razonamiento empirista a las ciencias humanas sería el equivalente a tratar de comprender el funcionamiento de la química molecular exclusivamente a partir de las características de las partículas elementales. En todas las culturas que conocemos han existido, sin excepción, agrupaciones formales o informales de individuos alrededor de atributos distintivos –género, franjas de edad, profesión, estatus, etc.– los cuales, bajo ciertas circunstancias, puede decirse que funcionan de forma autónoma y completamente operativa, reconociendo sus propios intereses y generando sus particulares cosmovisiones o “sub-culturas”. La adscripción de los individuos pretendidamente “atómicos” a los distintos sub-grupos sociales y las interrelaciones –de simbiosis, de explotación, de retroalimentación, etc.– entre esos sub-grupos es lo que podríamos denominar sociedad.

El estudio de las sociedades actuales ya es un asunto complejo pues se funda en engarzar distintas categorías de información –datos económicos, sociológicos, preferencias culturales– que nunca deja de ser muestral, esto es tomada de una parte pretendidamente representativa del total. Ahora imaginad reducir ese corpus a una insignificante parte de su tamaño original, eliminad la mitad de los indicadores y prendedle fuego a lo que os quede. Las cenizas que hayáis podido recoger con posterioridad son el equivalente a la base empírica que los arqueólogos utilizamos para tratar de reconstruir la organización social de las culturas prehistóricas. Desolador ¿Eh? Al menos nosotros tenemos el consuelo de saber que los fragmentos de cerámica mienten menos que los encuestados por el CIS.

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Los cazadores-recolectores complejos. Jerarquías, desigualdad y esclavitud

Cuando se habla de culturas de cazadores recolectores habitualmente se piensa en dos arquetipos que, si bien en cierta medida opuestos, tienen no obstante bastantes elementos en común. Por un lado, se conciben sociedades absolutamente primitivas y con una tecnología rudimentaria las cuales, totalmente dependientes de las inclemencias del tiempo o de otros agentes externos, vagan penosamente por amplios territorios en pos de su sustento y sin saber si van a sobrevivir al día siguiente. La otra idea es la de grupos sencillos pero con un conocimiento profundo del medio en el que viven que, en íntima conexión con el mismo, toman de la madre naturaleza todo lo que necesitan para desarrollar una existencia igualitaria, pacífica y feliz. Podríamos llamarlos arquetipo hobbesiano y rousseauniano, respectivamente.

No obstante en ambos casos se obvia de manera bastante generalizada que exista la posibilidad de que una sociedad de cazadores recolectores pueda contar con comportamientos “avanzados”, “civilizados” o, simplemente, “complejos”, tales como el organizarse en hábitats sedentarios, acumular grandes cantidades de riqueza y mostrar acusadas desigualdades sociales. Este tipo de sociedades, los cazadores-recolectores complejos, es algo cuya existencia han constatado tanto la etnografía, para nuestro pasado más inmediato, como, para momentos bastante más remotos, la arqueología.

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Arquitectura monumental prehistórica. El caso del megalitismo europeo

Una de los aspectos de las culturas primitivas que más ha llamado la atención de arqueólogos y aficionados a la arqueología es el de la arquitectura monumental. Cuántos monumentos, ya sean templos como el Zigurat de Ur, tumbas como las pirámides egipcias de Guiza o lugares ceremoniales como Stonehenge, han sido reinterpretados por nosotros a modo de símbolo o emblema de las culturas que los erigieron. Por un lado estos edificios son sobresalientes precisamente en el sentido más literal de la palabra, puesto que frente a las más deleznables arquitecturas domésticas e industriales es este tipo de arquitectura, una que podría decirse “no estrictamente funcional”, la que recibió una mayor inversión ya fuera en forma de materiales más consistentes e imperecederos o en forma de mayores acumulaciones de los mismos. Por otro lado también debe destacarse su imponencia en el campo simbólico, pues no hay más que tratar de ponerse en contexto y aventurar qué habrían pensado los sumerios, egipcios o campesinos del Bronce de Wessex, cuya vida giraba en torno a una cabaña de ramaje o una caseta de adobe, al ver, día sí día también, estas colosales obras erguidas siempre sobre el horizonte.

Edificaciones de grandes dimensiones y escasamente prácticas –al menos en el plano material- se conocen en culturas de todo el globo, pues fueron construidas con vocación de permanencia y muchas de ellas todavía permanecen. Su estudio nos permite hoy a los arqueólogos indagar en cuestiones diversas como su funcionalidad, la capacidad de organización de personas y materiales de aquéllos quienes los construyeron, o las cuestiones simbólicas que a partir de sus elementos materiales se quiso, en su momento, transmitir. Algunas fueron utilizadas como centros religiosos, otras como espacios de agregación social y otras como tumbas colectivas. Un caso de estudio que, se cree, aunó estas tres actividades es el del megalitismo europeo, el cual voy a utilizar como hilo conductor para tratar de ilustrar todas estas cuestiones.

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Interior de la cámara de el dolmen de El Moreco (Huidobro, Burgos)

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