Los cazadores-recolectores complejos. Jerarquías, desigualdad y esclavitud

Cuando se habla de culturas de cazadores recolectores habitualmente se piensa en dos arquetipos que, si bien en cierta medida opuestos, tienen no obstante bastantes elementos en común. Por un lado, se conciben sociedades absolutamente primitivas y con una tecnología rudimentaria las cuales, totalmente dependientes de las inclemencias del tiempo o de otros agentes externos, vagan penosamente por amplios territorios en pos de su sustento y sin saber si van a sobrevivir al día siguiente. La otra idea es la de grupos sencillos pero con un conocimiento profundo del medio en el que viven que, en íntima conexión con el mismo, toman de la madre naturaleza todo lo que necesitan para desarrollar una existencia igualitaria, pacífica y feliz. Podríamos llamarlos arquetipo hobbesiano y rousseauniano, respectivamente.

No obstante en ambos casos se obvia de manera bastante generalizada que exista la posibilidad de que una sociedad de cazadores recolectores pueda contar con comportamientos “avanzados”, “civilizados” o, simplemente, “complejos”, tales como el organizarse en hábitats sedentarios, acumular grandes cantidades de riqueza y mostrar acusadas desigualdades sociales. Este tipo de sociedades, los cazadores-recolectores complejos, es algo cuya existencia han constatado tanto la etnografía, para nuestro pasado más inmediato, como, para momentos bastante más remotos, la arqueología.

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Arquitectura monumental prehistórica. El caso del megalitismo europeo

Una de los aspectos de las culturas primitivas que más ha llamado la atención de arqueólogos y aficionados a la arqueología es el de la arquitectura monumental. Cuántos monumentos, ya sean templos como el Zigurat de Ur, tumbas como las pirámides egipcias de Guiza o lugares ceremoniales como Stonehenge, han sido reinterpretados por nosotros a modo de símbolo o emblema de las culturas que los erigieron. Por un lado estos edificios son sobresalientes precisamente en el sentido más literal de la palabra, puesto que frente a las más deleznables arquitecturas domésticas e industriales es este tipo de arquitectura, una que podría decirse “no estrictamente funcional”, la que recibió una mayor inversión ya fuera en forma de materiales más consistentes e imperecederos o en forma de mayores acumulaciones de los mismos. Por otro lado también debe destacarse su imponencia en el campo simbólico, pues no hay más que tratar de ponerse en contexto y aventurar qué habrían pensado los sumerios, egipcios o campesinos del Bronce de Wessex, cuya vida giraba en torno a una cabaña de ramaje o una caseta de adobe, al ver, día sí día también, estas colosales obras erguidas siempre sobre el horizonte.

Edificaciones de grandes dimensiones y escasamente prácticas –al menos en el plano material- se conocen en culturas de todo el globo, pues fueron construidas con vocación de permanencia y muchas de ellas todavía permanecen. Su estudio nos permite hoy a los arqueólogos indagar en cuestiones diversas como su funcionalidad, la capacidad de organización de personas y materiales de aquéllos quienes los construyeron, o las cuestiones simbólicas que a partir de sus elementos materiales se quiso, en su momento, transmitir. Algunas fueron utilizadas como centros religiosos, otras como espacios de agregación social y otras como tumbas colectivas. Un caso de estudio que, se cree, aunó estas tres actividades es el del megalitismo europeo, el cual voy a utilizar como hilo conductor para tratar de ilustrar todas estas cuestiones.

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Interior de la cámara de el dolmen de El Moreco (Huidobro, Burgos)

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Una (muy) breve historia de la arqueología

La palabra arqueología evoca diferentes pensamientos en función de quien la escuche: Bien puede generar imágenes sobre eruditos decimonónicos rastreando la pista de civilizaciones olvidadas, aventureros en la búsqueda de artefactos asombrosos, ratas de biblioteca estudiando y dando nomenclaturas técnicas a formas de viejas ánforas u otros cacharros, o modernos científicos analizando minúsculas fibras bajo potentes microscopios o fragmentos de hueso en secuenciadores de ADN. Obviando las lógicas deformaciones de estos tópicos hay que reconocer que todos ellos son correctos. La arqueología –etimológicamente, estudio de lo viejo– es la disciplina humanística mediante la cual se buscan, recuperan, clasifican y analizan todo tipo de objetos antiguos para obtener de ellos un conocimiento veraz sobre toda cualesquiera actividad humana en el pasado.

Naturalmente la arqueología, como todas las disciplinas, es una parcela de la ciencia en continuo e imparable proceso de construcción y perfeccionamiento. Esto no sólo se refiere al conocimiento acumulado, sino también la forma de obtenerlo. No es raro que en distintas culturas aparezcan personajes preocupados por explicar las edificaciones o los monumentos en ruinas que se conservan en su entorno –en la España popular ha resultado habitual adscribir este tipo de vestigios a “los moros”, como bien muestra la toponimia- y a este respecto habría que destacar el hecho de que en la Europa de los ss. XVII-XVIII se generalizara el fenómeno del anticuarismo. Sin embargo, no fue sino hasta la época del positivismo cuando se desarrolló un esfuerzo consciente por estudiar dichas antigüedades de forma rigurosa y metódica.

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