Una (muy) breve historia de la arqueología

La palabra arqueología evoca diferentes pensamientos en función de quien la escuche: Bien puede generar imágenes sobre eruditos decimonónicos rastreando la pista de civilizaciones olvidadas, aventureros en la búsqueda de artefactos asombrosos, ratas de biblioteca estudiando y dando nomenclaturas técnicas a formas de viejas ánforas u otros cacharros, o modernos científicos analizando minúsculas fibras bajo potentes microscopios o fragmentos de hueso en secuenciadores de ADN. Obviando las lógicas deformaciones de estos tópicos hay que reconocer que todos ellos son correctos. La arqueología –etimológicamente, estudio de lo viejo– es la disciplina humanística mediante la cual se buscan, recuperan, clasifican y analizan todo tipo de objetos antiguos para obtener de ellos un conocimiento veraz sobre toda cualesquiera actividad humana en el pasado.

Naturalmente la arqueología, como todas las disciplinas, es una parcela de la ciencia en continuo e imparable proceso de construcción y perfeccionamiento. Esto no sólo se refiere al conocimiento acumulado, sino también la forma de obtenerlo. No es raro que en distintas culturas aparezcan personajes preocupados por explicar las edificaciones o los monumentos en ruinas que se conservan en su entorno –en la España popular ha resultado habitual adscribir este tipo de vestigios a “los moros”, como bien muestra la toponimia- y a este respecto habría que destacar el hecho de que en la Europa de los ss. XVII-XVIII se generalizara el fenómeno del anticuarismo. Sin embargo, no fue sino hasta la época del positivismo cuando se desarrolló un esfuerzo consciente por estudiar dichas antigüedades de forma rigurosa y metódica.

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