La arqueología del comercio (1). Orígenes y conformación

Una de las actividades vitales desempeñadas por el ser humano a lo largo de (casi) toda su historia es la del comercio, el intercambio entre distintas personas de bienes que uno ha producido (recolectado, extraído, cultivado, manufacturado) a cambio de otros bienes que no, y es fundamental porque en prácticamente todas las sociedades esta actividad es un imperativo para su simple supervivencia. Pero, además de este requisito básico, y en ocasiones interrelacionado con el mismo, el comercio también satisface otro tipo de necesidades, ya sea desde la perspectiva económica –por ejemplo, todo proceso especialización requiere del intercambio de los productos fruto de esa actividad por los más comunes bienes subsistenciales–, social –son muy habituales los llamados elementos de prestigio o símbolos de rango social de procedencia exótica como ámbar, marfil o piedras preciosas– o religiosa –el tráfico de reliquias alcanzó, como es sabido, cotas insospechadas durante la Edad Media europea.

Puesto que la arqueología es una disciplina vinculada estrechamente a lo material, permite rastrear de distintas formas el acarreo de distintos bienes de un lado a otro –la distancia de ese acarreo, las formas en que se dio, su intensidad, etc. Además de ello, su carácter de ciencia humanística conduce a que los arqueólogos tratemos de interpretar esos movimientos de objetos desde el prisma económico, social o político, como un ladrillo más del conjunto de procederes que configuran las culturas humanas. Con este post pretendo ilustrar cómo se han ido desarrollando tanto las herramientas técnicas como también las interpretativas alrededor de esta cuestión.

1. La fase especulativa de la arqueología tradicional

En esa larga primera etapa de la historia de la arqueología que se suele denominar como arqueología cronotipológica o tradicional las interpretaciones sobre el comercio fueron, como casi las de todos los otros aspectos culturales, bastante especulativas y en su mayor parte poco o nada fundadas. Cuando en un yacimiento se identificaban de visu (esto es, a simple vista), artefactos elaborados sobre materias primas raras lo habitual era simplemente el destacar su carácter de “exótico” o “importado” y, en algunas ocasiones, se añadía algún comentario sobre su posible lugar de origen: mármol de Carrara, ámbar báltico, marfil africano, etc. En el caso de la Prehistoria de la Península Ibérica era bastante habitual hacer referencia a su riqueza minera: por ejemplo fue esa característica la que condujo a Childe a interpretar (hoy sabemos que erróneamente) los poblados fortificados de la Edad del Cobre del sureste peninsular como emporios de comerciantes del Mediterráneo Oriental en búsqueda de minerales metálicos.

No obstante, en este periodo se dieron algunos pocos intentos más concienzudos para indagar con mayor seguridad en posibles rutas comerciales. Esto se desarrolló mediante la introducción de la arqueometría, el análisis físico-químico de los materiales arqueológicos. El primero en tratar de caracterizar de esta forma objetos antiguos fue el químico Martin Klaproth, quien estudió las teseras de la villa de Tiberio en Capri y distintas monedas griegas y romanas en torno al año 1800. Un paso más allá lo dieron ya a mediados de ese siglo el químico estonio Gobel, quien analizó objetos prehistóricos de latón de los países bálticos con la intención de compararlos con los otros del centro y sur de Europa, o el químico francés Damour, quien analizó hachas de piedra verde procedentes de los túmulos bretones (entonces entendidos, erróneamente, como “célticos”) y las comparó con muestras procedentes de afloramientos chinos de jade.

Damour

Tabla presente en el artículo “Sur la composition des haches en pierre trouvées dans les monuments celtiques et chez les tribus sauvages” publicado por M. A. Damour en 1866

Otro ejemplo lo tenemos aplicado a esos poblados fortificados de la Península Ibérica a los que antes hacía referencia. Los materiales de afamados yacimientos como Los Millares, El Argar, etc., excavados por el obrero Pedro Flores, fueron estudiados por los hermanos Siret, quienes aplicaron distintos procedimientos para su caracterización.

Siret.png

Fragmento del texto de Las primeras edades del metal en el sudeste de España, escrito por Henri y Louis Siret en 1890

En todo caso estos pocos ejemplos fueron estudios puntuales, que no fueron realizados de forma sistemática y que no llegaron a generalizarse en la práctica arqueológica común de estos tiempos. Resulta bastante habitual encontrarse trabajos hasta de bien entrado el s. XX en los que se hacen afirmaciones bastante a la ligera relativas a la distribución de determinados materiales, del tipo “este objeto recuperado en un yacimiento francés parece del material A, el cual se conoce en su forma natural en la península de Anatolia. Por tanto, puede hablarse de importaciones a través de rutas mediterráneas”. No obstante, paso a paso los análisis físico-químicos fueron abriéndose camino, y permitieron que se pudieran poder comenzar a “pintar” los primeros mapas de distribución de ciertos artefactos o materias primas.

Clark comercio

Fragmento del libro de Grahame Clark Prehistoric Europe. The Economic Basis (1952).

Así llegamos a un punto, en la década de los 60 del s. XX, en el que todas estas circunstancias convergieron con la oleada cientificista –en su vertiente del cuantitativismo– que supuso la llamada Nueva Arqueología, permitiendo así que se produjeran dos saltos cualitativos en cuanto a la arqueología del comercio: uno fue el rechazo de todo tipo de apreciación, especulación o afirmación escasamente fundada sobre el posible origen de ciertos materiales; a partir de ese momento se empezaron a exigir pruebas más contundentes para aceptar tal o cual aseveración sobre la circulación de materiales o productos. El segundo es un derivado de este primero: una vez se comenzó a contar con bases de datos amplias y rigurosas de artefactos y el lugar de origen de su materia prima, se pudieron empezar a manejar modelos de comercio elaborados para indagar en la organización social, económica y política que subyaciera a cada uno de los casos de estudio.

2. Trade cannot be assumed, it has to be proved

Ya se comentó al hablar de la arqueología económica que a mediados del s. XX comenzaron a generalizarse técnicas procedentes de distintas disciplinas de las ciencias naturales para escrutar el registro arqueológico, tales como la palinología, la arqueozoología, edafología, etc. Al respecto del comercio resulta importante destacar técnicas procedentes de la física y la química que permitieran por un lado caracterizar los artefactos y por el otro caracterizar las fuentes de materias primas, para así comparar unos con otras e intentar saber con seguridad si los primeros procederían de las segundas. Fue Colin Renfrew quien, en 1969, quisiera romper con la forma de trabajar desarrollada hasta ese momento, al establecer de forma tajante que “Trade cannot be assumed, it has to be proved”.

Y a ello se pusieron los arqueólogos de este momento. A este respecto se estableció el llamado “postulado de Weigand”, el cual estipula que deben analizarse con distintas técnicas todas las fuentes de una misma materia prima para así discernir las particularidades de cada una de ellas, su “huella dactilar”, y emplear por tanto dicha característica como elemento discriminante una vez se analizaran los artefactos arqueológicos. Por ejemplo: si de los 5 afloramientos del sílex de tipo A hay uno en el que el sílex tipo A tiene más proporción de sílice, otro en el que el sílex tipo A tiene más presencia de hierro, otro en el que el sílex tipo A cuenta con un elemento traza exclusivo, etc. podremos adscribir, una vez analizados, los artefactos arqueológicos de sílex tipo A a cada una de las fuentes (nota: no tengo ni idea de cómo se caracteriza el sílex así que es bastante probable que los elementos mencionados en este supuesto sean un disparate).

Todo esto implica que para hablar de comercio debe partirse de adscribir cada artefacto a un origen, por lo que deben estudiarse todas y cada una de las fuentes geológicas de la materia prima. Si esto fuera poco, además hay que tener en cuenta que cada material es un mundo: no son lo mismo las rocas empleadas para elaborar hachas pulimentadas (fibrolitas, ofitas, grauvacas, etc.) que las utilizadas para la talla (sílex, esquisto-pizarras, cuarzos) o los minerales metálicos (azuritas, malaquitas) y los elementos de adorno (ámbar, variscita, marfil, azabache). Cada uno de ellos tiene sus peculiaridades y en unos la huella dactilar se halla en la proporción que muestran en su composición distintos elementos, en otros en la refractividad del ordenamiento cristalino de sus moléculas, en otros en la propia organización interna de las moléculas, etc. Como consecuencia, se utilizan una amplia y variada gama de técnicas: la fluorescencia de rayos X para averiguar la composición química en el caso de la variscita, la espectrometría de masas para averiguar la proporción de los distintos isótopos de plomo en el caso de los cobres, o la espectroscopía infrarroja por transformada de Fourier para averiguar las distintas configuraciones de moléculas orgánicas en el caso de los ámbares, entre otros muchísimos ejemplos.

Variscita FRX.JPG

Análisis mediante un equipo portátil de Fluorescencia de Rayos X de una cuenta prehistórica de variscita (izqda.) y resultado –espectro sin cuantificar (dcha.)

Otra pega que tiene esto es que las técnicas físico-químicas eran, en un primer momento, caras, destructivas y la máquina tan pesada que requerían sacar las piezas arqueológicas de los museos y trasladarlas a los laboratorios. Pero por suerte, con el paso del tiempo dichas técnicas se están abaratando, cada vez son menos agresivas (de hecho algunas son ahora totalmente no-destructivas) y comienzan a ser portátiles. Esto, y un gran cantidad de trabajo detrás –que incluye prospectar los afloramientos geológicos, analizar artefactos de distintos yacimientos para cotejar, etc.– va permitiendo una aplicación sistemática –plenamente efectiva ya en ciertos casos, y cada vez en más– que está permitiendo sentar un marco ahora ya sí acorde con esa exigencia de Renfrew con la que se abría este epígrafe. Y una vez elaboradas las bases de datos, el soporte empírico, llega la parte interpretativa: analizar los llamados modelos de comercio.

3. Modelos de comercio. Las relaciones económicas, sociales y políticas que subyacen a la distribución de bienes

Cómo no, todo el trabajo, tiempo y dinero invertidos en las tareas descritas en el punto anterior, que de hacerse sin un fin concreto serían puro empirismo, tienen un objetivo. Porque esto no consiste en analizar por analizar y apilar datos por apilar datos, sino en dotar a los arqueólogos de un conjunto de documentación con el que hacer una lectura humanística, cultural y social de ese trasiego de bienes.

El primero en proponer la forma de identificar distintos modelos de comercio fue Colin Renfrew, en su obra, ya mencionada en este blog varias veces, The Emergence of Civilisation (1972). Aquí el arqueólogo británico proponía utilizar la siguiente forma de proceder: representar todos los yacimientos de una época y lugar en una gráfica bivariable que por un lado atendiera a la distancia existente entre cada yacimiento y una fuente de materia prima (eje x) y por el otro a la proporción de artefactos elaborados sobre dicha materia prima en relación con el total de artefactos de ese tipo recuperados en el yacimiento (eje y). La lógica (bautizada de forma un tanto pomposa como Ley de decrecimiento monotónico) sugiere que a mayor cercanía a la fuente de la materia prima mayor sería la proporción de uso de dicho material, pero el quid estaría en la forma en que la distancia haría decaer esta proporción. Si decae rápidamente nos encontraríamos ante un tipo de aprovisionamiento directo, si decae y resurge nos hallaríamos ante la existencia de un centro redistributivo (mercado, templo, jefe), o si decae con suavidad primero para luego hundirse de forma brusca, se explicaría como la existencia de un radio de acción de un grupo de comerciantes independientes.

Modelos de comercio de Renfrew.jpg

Gráficas de decrecimiento ideales de cada uno de los modelos de comercio de Renfrew. Eje x: distancia a la fuente. Eje y: proporción de artefactos del material en cuestión en relación con el total de artefactos de ese tipo

La lectura que puede dársele a cada uno de estos modelos debe hacerse, naturalmente, en relación con otros análisis como por ejemplo los derivados de la arqueología social. Resulta de gran interés comprobar si la existencia de una redistribución centralizada de productos puede servir de sostén duradero a una clase dirigente o si, por el contrario, esto genera ciclos de auge y colapso. El análisis de la documentación empírica mediante fórmulas de este tipo ha servido también para contradecir ideas muy generalizadas en algunos de los modelos teóricos como por ejemplo la que planteaba que todo sistema de intercambio que integrase distintos nichos ambientales –cada uno con su especialización económica particular– exigiría la existencia de un lugar central apropiador y redistribuidor, regido por una clase especializada: ahora conocemos casos en los que se dieron amplias redes de distribución e intercambio de productos en ausencia de jerarquías y poderes centrales.

JADE

Gráfico de distribución de las hachas neolíticas de jade alpino publicado por Pierre Pétrequin en 2017 en el tercer volumen de su enciclopédico JADE. Obsérvese el pico de hachas de tipo Paulihac y St. Michel en el golfo de Morbihan, epicentro de un nodo de redistribución de objetos de lujo durante el V milenio a.C.

La arqueología del comercio es una parte de la arqueología que puede permitir responder a muchas de las cuestiones tradicionalmente abordadas exclusivamente desde la antropología o en la economía. Por ejemplo puede hablarse de que hay un debate ya muy antiguo como es el mantenido entre los partidarios de la economía formalista o clásica (quienes plantean que el libre mercado es la forma natural de producción y distribución de bienes) y los de la sustantivista o polanyiana (quienes consideran que hasta el s. XVIII toda actividad económica se encontraba constreñida por distintas normas y usos culturales), y precisamente es la arqueología la que está refutando parcialmente ambas posturas. Se está empezando a ver cómo en las sociedades primitivas se dan casos en los que determinados bienes habrían circulado según un sistema de mercado pero, por el otro lado, también se está comprobando la recurrencia con que los poderes políticos, ya sean estos de tipo jerárquico o comunalista, se esfuerzan por controlar determinadas actividades y recursos.

Como en casi todas las subdisciplinas arqueológicas, no estamos sino empezando a rascar la superficie, y todavía queda mucho trabajo por hacer. Pero, a la vista de algunos de los resultados, es probable que con el paso del tiempo la arqueología tenga algo que decir en los más enconados debates que azuzan nuestro presente sobre el comportamiento económico del ser humano.

Y con esto el post de este mes llega a su fin. El mes que viene os describiré con detalle todos estos procedimientos teóricos y técnicos aplicados a un caso de estudio concreto que conozco de primera mano: la minería, manufactura y distribución de adornos de variscita en la prehistoria del centro-occidente peninsular.

Septiembre de 2017

Licencia CC BY-NC-SA

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