Existe un eslogan político, obra de la exprimera ministra británica Margaret Thatcher, que afirma rotundamente que la sociedad no existe dado que, más bien, lo que existen son los individuos. Trascendiendo el debate sobre el papel del individuo o de la colectividad en nuestro mundo actual lo cierto es que aplicar ese razonamiento empirista a las ciencias humanas sería el equivalente a tratar de comprender el funcionamiento de la química molecular exclusivamente a partir de las características de las partículas elementales. En todas las culturas que conocemos han existido, sin excepción, agrupaciones formales o informales de individuos alrededor de atributos distintivos –género, franjas de edad, profesión, estatus, etc.– los cuales, bajo ciertas circunstancias, puede decirse que funcionan de forma autónoma y completamente operativa, reconociendo sus propios intereses y generando sus particulares cosmovisiones o “sub-culturas”. La adscripción de los individuos pretendidamente “atómicos” a los distintos sub-grupos sociales y las interrelaciones –de simbiosis, de explotación, de retroalimentación, etc.– entre esos sub-grupos es lo que podríamos denominar sociedad.
El estudio de las sociedades actuales ya es un asunto complejo pues se funda en engarzar distintas categorías de información –datos económicos, sociológicos, preferencias culturales– que nunca deja de ser muestral, esto es tomada de una parte pretendidamente representativa del total. Ahora imaginad reducir ese corpus a una insignificante parte de su tamaño original, eliminad la mitad de los indicadores y prendedle fuego a lo que os quede. Las cenizas que hayáis podido recoger con posterioridad son el equivalente a la base empírica que los arqueólogos utilizamos para tratar de reconstruir la organización social de las culturas prehistóricas. Desolador ¿Eh? Al menos nosotros tenemos el consuelo de saber que los fragmentos de cerámica mienten menos que los encuestados por el CIS.


